CRISTOGEDIA: SEXTA ENTREGA
Un pote de tinta negra y algunas hojas de papel desparramadas, entre un banderín de River Plate, sobresalían en una pequeña mesa que estorbaba la entrada a la torre donde Caupolicán Villalobo descansaba sobre un pequeño colchón de agua tan a gusto como un niño en el regazo de su madre.-Quizás entre estas cosas encontremos algún mapa del reino que nos guíe hacia el palacio real –dijo susurrando Sir Croce mientras el guardián daba ronquidos a lo bestia.
-Entre los papeles encontré éste que parece ser un mapa, un plano o algo semejante; y también algunos versos –acercándole Hernán El Grande unos pergaminos amarillentos a Sir Croce.
-Mmm... –recitando Sir Croce- “Yo soy candela, soy una llamará’ que cuando siento el ritmo mi cuerpo quiere más... Yo soy candela...la la la.
-Parece ser un soneto al baile del fuego, aunque el estilo es un poco tropical. –acotó Hernán El Grande.
-¿Y este corazón dibujado con un laberinto interior. ¿Será algo personal, una trampa, quizás?, ¿o estaremos en presencia de un mapa militar del reino? –dudó Sir Croce.
- Aquí hay algo más –mientras revolvía en un cajón advirtió Hernán El Grande-. Parece ser una carta... una carta dirigida, creo, a su propio corazón, de puño y letra del guardián que ronca.
Los belverianos se amontonaron intrigados, descansaron sus armas y sentados en un rincón del cuarto Hernán El Grande dio lectura de lo siguiente:
“A mi corazón, que es el corazón de muchos que quisiera vivan en mí”.
Te pido, incansable atleta, refugio callado de mis temores, que no dejes de sonar en mi pecho tu ritmo de cueca norteña hasta ver mis manos ampolladas de vida vivida.
Tú, guerrero que hoy sufre su tristeza día y noche detrás de una muralla que de a poco te invade con su cemento, deja caer al suelo escudo y espada, que representan tu absurdo, y abre tu ventana al mundo con las manos limpias de acero.
Debes comprender, si aún no se ha marchitado tu sensatez, que no se puede vivir la vida cuidando un empate. En el momento menos esperado será breve la sentencia que dibuje tu final y estaré allí contigo para comenzar a ser parte de la nada.
Ojalá se ablanden tus paredes y al fin tenga forma de mujer tu verdugo.
Caupolicán
Surgieron suspiros y también un beso en la frente de una belveriana para Caupolicán que despertó y rápido quiso echar mano a su espada, pero fue sofocado su intento por dos o tres soldados.
Un poco más calmo y al notar que los belverianos se habían conmovido con aquellas palabras escritas por él, Caupolicán decidió ampliar sus sinsabores.
-Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad, guardaba todos mis sueños...
-Creo haber escuchado eso en alguna parte- interrumpió al guardián Hernán El Grande.
-¡No me interrumpan, carajo! -rezongó Caupolicán al verse descubierto su plagio y prosiguió-. Este reino, nuestro reino de Cristogedia, está maldito de amor y yo no soy una excepción. Aquella vez, algo así como un día de abril a finales de noviembre, cayó un meleficio sobre mí luego de deshonrar al Jinete Aventurero que decía pertenecer a la quebrada donde sol y luna se confunden en un abrazo bailando un carnavalito una vez al día.
-Este lugar está lleno de locos. Piquemos –arengó el Hombre Numismática-.
-Shhh – intervino Sir Croce- Sigue, por favor. ¿Sabes el nombre de ese jinete? Tal vez él sepa dónde se halla Birrabob –mirando a sus colegas.
-No. Sobre sus hombros viste una capa albiceleste. Rumores dicen que se trataría del Loco Kiko Jelius, uno de los protegidos del Trío Paciencia, que habita en los submundos del reino.
-¿Y qué estará sugiriendo un desertor del reino que se aparece en la superficie y aplica tan cruel castigo a un guardián? –Se preguntó Sir Croce.
-No lo sé. Temo una invasión del poderoso Trío Paciencia... –dijo en tono intimista Caupolicán Villalobo, prefiriendo callar algún motivo de venganza de parte del Loco Kiko Jelius.
-Quiero más detalles.
-Monta una mula de tres orejas que rebuzna un ¡ja ja ja! a modo de burla. Creo que es clonada. La mula habla mandarín y él algo parecido, porque se le entiende bastante poco. Vino en un conteiner de China entre medio de quinientos mil paraguas; la mula, él no sé.
-¿Paraguas? – preguntaron a coro los de Belverius-.
-Sí, acá llueve mucho. Cuando no cae lluvia... ¡caen giles como ustedes!
Brincó Caupolicán entre los presentes; dio un giro completo en el aire abrazando ambas rodillas con los brazos y ubicando su cabeza al frente, y luego, soltándose las piernas, arqueó su cuerpo en dirección opuesta al impulso, como desafiando las leyes físicas de un objeto lanzado al espacio con una fuerza X desde un punto A hacia otro punto B, para dirigir ahora sus movimientos hacia un punto V (la ventana de la torre) en un intento acrobático de fuga. Pero aquella salida se hallaba cerrada (en el reino de Cristogedia los domingos no hay nada abierto, incluyendo la ventanas).
Luego de chocar contra los cristales, gruesos cristales, cayó malherido el guardián al suelo y en ese momento un viento frío y seco brotó desde el piso endureciendo por completo el cuerpo de Caupolicán. Se metamorfoseó en roca a los pocos instantes y quedó tan inmóvil como si lo que estuviese tendido en el cuarto fuese una estatua de piedra en vez de un hombre.
Sin salir de su asombro los presentes, fueron testigos de una última escena. Luces pequeñas y azules con formas de corchea y semifusas despidió el cuerpo del guardián una vez que el feroz viento paró su soplido. Esparcidas por el aire, aquellas notas fueron de a una atravesando las paredes y se despidieron mientras a lo lejos apenas se escuchaba algo así: “Corazón, qué le has hecho a mi corazón/corazón, luna llena, canción de amor...”
-Definitivamente es un hombre musical. Le gusta Dyango, como a todos los poetas de corazones ajados -agregó un Sir Croce conmovido.
Los belverianos se cruzaron en las miradas y silenciosamente comenzaron a comprender que aquel maleficio había terminado de cerrar su puño sobre nuestro Caupolicán. La carta encontrada en el cajón empezaba a tener sentido y el reino invadido mostraba sus primeros misteriosos matices a los visitantes.
-Aun siendo nuestro enemigo no podemos abandonarlo- Apuntó Sir Croce-. No se deja solo a un corazón de piedra que acuna en su interior sueños de picaflor.
-Aunque poesía barata, bien dicho, guerrero sentimental. Además de buscar a Birrabob debemos encontrar al Jinete Aventurero de capa albiceleste y hallar el remedio que destierre el maleficio de este malaventurado muchacho –Sentenció Hernán El Grande.
La seriedad de aquellos rostros parecía casi hermosa. La sombra de una tarde que se iba cielo abajo templó de calma los espíritus belverianos que esperaban la hora de la cena para saber la suerte corrida por la Turquita y así decidir los próximos pasos.
Continuará

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