Cristogedia: Cuarta entrega
Los instantes se sucedían y así pasaron siete días y sus noches y los de Belverius permanecían aún a la vera de la ruta sin conseguir que alguien los acercara a su destino. Sin comida ni bebida, rodeados de una estéril naturaleza, optaron de a poco por no hablar para ahorrar las escasas energías que mantenían con vida al grupo.La mañana del octavo día presentó en el horizonte, repentina y cuidadosamente, pequeñas nubes de polvo que hacían muecas apenas por encima de las lomas desérticas. Al percatarse, todos los de Belverius dirigieron sus miradas hacia la tierra que se levantada como si un suave soplido la guiara directamente hacia ellos.
-¿Qué es eso?- Se adelantó Pelaius.
-No sé qué será, pero viene hacia nosotros por el camino y ya comienzo a vislumbrar a un hombre que asoma su torso desnudo a un costado conduciendo un artefacto azul eléctrico un tanto extraño -acotó con una voz sin saliba Sir Croce-.
-¿Un dios, o semidiós tal vez, un juglar galáctico, el armonioso cosmos esta vez sintetizado en un cuerpo inmortal y peludo?
-No lo creo. Una divinidad por más menor que sea no se conduce en semejante mamarracho. Se acerca, parémoslo, gran rey –aconsejó Sir Croce-.
Interrumpieron el camino algunos belverianos y bajo una nube espesa de polvo detuvo su marcha aquella nave terrestre. Lo primero que pudo verse con claridad fue un loro barranquero que yacía en lo más alto del vehículo, con ojos trasnochados, sobre una antena en forma de T al lado derecho superior del conductor. Su plumaje era de un color verde opaco, quizás de tanta tierra acumulada, y en su pico apretaba una cajita de fósforos de cuarenta unidades. Mientras observaban con curiosidad al loro se vio la alpargata izquierda del conductor apoyada sobre el camino y todos hicieron un paso hacia atrás midiendo la situación.
Bajó un hombre, sin apariencia de dios o semidiós ni juglar ni cósmico, por cierto. Era algo petiso, de barba discreta y ojos negros y enteros como la noche cerrada. Tosió con la fuerza de un trueno de verano, escupió lejos e inmediatamente sacó un cigarro del bolsillo trasero de su bermuda floreada y le pidió fuego al loro. Este delicadamente abrió la cajita con el pico y raspó frenéticamente un fósforo en su pata derecha y un llama surgió entre el polvo todavía sostenido en el aire. Acercó el cigarro el desconocido y pitó tan profundamente que todos creyeron sentir en sus cuerpos el ingreso grueso del humo.
- Almirante Zamudius -dijo una voz ronca a secas a modo de presentación y continuó- Él, mi lorito Cayo Crispo Salustio. Soy hombre de andar solo, no me gustan las multitudes y ustedes son multitud. Este es mi camino. Hagan el favor de despejarlo o mi compañero hará el trabajo.
- Rey de reyes soy –respondió adelantando sus pasos Pelaius- Tanto su vehículo como usted y el loro pertenecen a mi reino. Malas noticias para sus oídos, forastero. Tendrá que llevarnos camino arriba hasta que yo decida su destino.
- Debería usted preocuparse por salvar a estas mujeres que lo acompañan y no por mi destino; puede que la vaya mal. No incluyo en mis planes tener un rey a quien servir y gusto tanto de la guerra como del mate amargo. –dijo con autoridad y presto al pleito el almirante-.
- No se confunda con el sexo débil, hombre necio. Sé cómo cuidar a mis mujeres y entre ellas no sólo hay damas de fina alcurnia sino además albergo en mis filas desalmadas amazonas que harían con sus partes un puchero dominguero.
- Conozco de virtudes y misterios femeninos y entiendo que ellas odian el mal y también el puchero –respondió un tanto nervioso el almirante-.
- Pero el sexo femenino odia el mal no por injusto sino por feo –dijo con aires de filósofo el rey y prosiguió- Y usted es...
- ¡Eso ya lo dijo Kant! –interrumpió Sir Croce-.
- ¡Cállate, imbécil! ¡Yo no me meto con tu retorcido Freud! ¡Basta! Apresen a este hombre .¡Ahora!
El Almirante Zamudius giró su mirada hacia Cayo Crispo y éste le devolvió su complicidad con un mínimo aleteo. En un momento sólo quedó una aureola de polvo blanco en el aire, la cajita de fósforos cayo al suelo y despedido, tan veloz como artísticamente, subió hacia el celeste cielo el loro al grito de ¡viva Perón!
-¡Uh, no...! –exclamó Pelaius- Lo sabía, ya me lo habían advertido; es peronista como todo loro, pero además un posible enemigo montonero. ¡Saquen sus armas, soldados! ¡Apunten y disparen, carajo!
Pero la orden del monarca no fue acatada a la brevedad. Desconcertado Pelaius miró a sus espaldas y sus súbditos, tan poco avezados en conflictos y tan proclives a la distracción, fijaban sus ojos en la cajita de fósforos que llevaba estampada una publicidad de un hotel alojamiento. “Despertares”, decía en letra púrpura acompañada con un audaz trazo en su lomo que sostenía una figura de cuerpos y colores ardientes, quizá copiada del Kamasutra, quizá superadora con relación a la imaginación oriental, quizá resultado de una pintura personal del intrépido Almirante Zamudius que ya corría entre pajonales con las llaves del vehículo en una de sus manos.
-¡A sus puestos, cobardes! –gritaba furioso Pelaius- ¡Ustedes dos, Sir Croce y Hernán el Grande, atrapen al barbudo que se escapa!
La acción se volvía inminente y esta vez al grito de ¡Perón, Evita... la patria socialista! el loro se aprestaba a su primer ataque mientras dibujaba en el aire estrategias de vuelo propias de un águila asesina. Tomó más altura, ciñó sus alas pardas contra el cuerpo y en forma de tirabuzón descendió súbito hacia el grupo de hombres asustados que lo observaban desde la tierra. ¡Oh!... ahí viene, exclamaron los belverianos y apuntaron sus armas a Cayo Crispo en picada.
Un fusil prusiano, de gran precisión para la caza de ardillas inocentes, disparado por el Hombre Numismática, rozó con una de sus balas el pico del valiente peronista alado que al instante sacó su lengua en gesto de burla y replicó: “¡No tiren, radicales!”. Ante el caprichoso ataque aviar y luego de esa bala prusiana derrotada, la muchedumbre se dispersó desconcertada y quedó solo en el centro de la escena el poderoso rey Pelaius. El pájaro kamikaze atinaba a dar en la cabeza de su enemigo cuando, a metros de su objetivo, divisó un tatuaje en los hombros desnudos del rey amenazado que decía: “Aguante el Loro”. No pudo menos que conmoverse el ave asesina al leer aquella sentencia y desvió su vuelo mortal en muestra de piedad y arrepentimiento.
-¿Peronista pacifista? –retóricamente balbuceó el gran rey hincando sus rodillas en el suelo y extendiendo sus brazos abiertos hacia el avión animal.
-¡Hermano de la causa verde! –se dejó oír desde el cielo- Que haya paz entre colegas; ¡guerra a los sojeros matadores de cotorras! ¡Son todos oligarcas!
Finalmente volvió a posarse sobre la T dando por terminado su emprendimiento bélico. Silbó el loro a lo cual el Almirante Zamudius detuvo su huida entendiendo que todo había terminado y volvió al lugar sostenido en la confianza de su temible ave.
Se hizo la paz sin develar los belverianos que en realidad aquel tatuaje estaba dirigido al Club de Tabas Atlético Perejil, yuyo mortal para los loros pero irónicamente simbolizado en su escudo con el pájaro verde.
Depuestas las armas por ambos bandos, entonces, comenzaron a treparse todos y cada uno de los integrantes de Belverius al vehículo del almirante y su loro. El coche contaba con un asiento individual, el del conductor, de esos con un resorte en su centro inferior para hacer de los pozos sólo movimientos placenteros de lambada; al costado derecho un sofá color mostaza de cuatro cuerpos miraba hacia el interior y dejaba apreciar en su relieve ciertos dibujos de tradición folclórica mixturados con imágenes de lo que podríamos llamar “pornografía gauchesca”, casi primitiva. En el centro, una mesita giratoria triangular de arcilla china, moldeada a mano, y en cada extremo de la misma un dado con el número cinco en todos sus lados. Todo un misterio. Un banderín de Estudiantes de Buenos Aires colgado del espejo retrovisor junto a una bolsita de tela que contenía poleo y menta para aromatizar el ambiente daban el último toque particular de aquel vehículo que ya se encaminaba hacia Cristogedia, reino del malvado Cristóbulis.
Continuará
