Cristogedia: QUINTA ENTREGA
En poco más de tres horas de camino de tierra nuestros valientes belverianos, el Almirante Zamudius y su loro Cayo Crispo arribaron a las márgenes del reino cristogedio.Un gran río de aguas aparentemente mansas circundaba las posesiones cristogedias y tras él se erigían gruesas murallas tan altas como las esperanzas de un buscador de amores en septiembre. Un muro levantado sin arrebatos bloque por bloque y en cada uno de ellos una ilusión maltratada, un amor derrotado, una lágrima que en algún tiempo fue beso cálido, un muro de lamentos y pasiones hechas piedra. Un triste muro, como todos en la historia, símbolo de lo que es capaz de construir desde el dolor un rey que buscaba amurallar y también enmudecer su corazón.
Por otro lado los cielos del reino, no menos custodiados, habrían su llagas con cuatro amenazantes arpías tan flacas como feas. Sin embargo, el mayor obstáculo parecía tener formas más armoniosas, encarnadas en las figuras de los guardianes más rudos que la épica occidental haya podido imaginar: el Querubín Ciani y Caupolicán Villalobo. ¿Sus puntos débiles? Una incógnita tan indescifrable como el mismo cosmos. Pero los belverianos apostaron a los infinitos encantos de la Turquita de Belverius para vulnerar tan ajustada seguridad.
Mientras todos y cada uno de los belverianos se tapaban sus ojos, la Turquita cruzó a nado el extenso río y fue a dar a las altas puertas del cinturón de rocas.
-¿Quién toca las puertas del reino un domingo? –preguntó el Querubín Ciani al tiempo que pergeniaba actividades para los próximos encuentros olímpicos-.
-¡Estoy perdida! ¡Estoy sola...! Necesito ayuda. Abra la puerta, por favor –rogó la Turquita con su dulce voz en Si Menor-.
Al escuchar las súplicas, el Querubín Ciani quedó paralizado y cayó en un profundo recuerdo que lo llevó a su gran amor olímpico.
¿Cómo había ingresado el gran guardián del reino al maravilloso mundo del amor?
Se dice que cumpliendo con funciones organizativas y de estadística, el guardián observaba una prueba de natación con obstáculos (los obstáculos eran pececitos que hacían cosquillas) desarrollada en el Río Manso Dirtyus en tiempos del emperador Inocente García.
Mientras contaba una mañana la cantidad de participantes y apuntaba talla y peso aproximados de cada uno, fijó sus ojos profundos en la figura angelical de una atleta, la afamada Bardachius.
Pareció nuestro héroe encontrar allí, en aquel diminuto traje de baño, no tan solo un trofeo para colgar en su canilla de la ducha, sino también a la futura dueña de sus alivios. Lo cual no es poco y no fue poca la pasión que entre ellos maduró como un damasco en diciembre. Aquel amor se hizo centro de su vida desatendiendo así sus labores de funcionario deportivo, lo que resultó fatal para su carrera. Fue expulsado al submundo del Trío Paciencia, solo, lejos de su amada. Cumplió allí tareas más bien relacionadas con la creación de una nueva actividad deportiva, logrando concebir en algunos meses una disciplina que contaba con una pelota, cinco tipos enfrentados a otros cinco, dos cestos pequeños en los extremos medios de un rectángulo y el absurdo propósito final de embocar manualmente esa pelota en los cestos. Una porquería.
Pero en un intento de rebelión del trío contra el reino cristogedio, el Querubín Ciani se mantuvo fiel a su rey Cristóbulis y éste lo devolvió a la luz luego de tres años de ausencia.
De vuelta, su amada, sin desaprovechar la corta juventud, ya había repartido algunas prendas íntimas en otros hogares, e incluso en algunos bares. Desgraciadamente todo aquel amor tuvo un final inesperado. Ella cayó presa de la risa en uno de los obstáculos y se ahogó durante una competición preolímpica.
La vida no es igual cuando el amor queda en el cuerpo y los besos que hacen bien ya no están. El feo recuerdo de una lluvia de tierra cayendo sobre el cuerpo de su gran amor a punto de ser sepultado expulsó nuevamente a la realidad al Querubín Ciani.
-¿Quién grita como una loca del otro lado? –preguntó el guardián enfurecido en tan complejo momento.
-¡Soy una campesina extraviada! ¡Abra, señor! Tengo frío, estoy mojada y perdida. -respondió la Turquita dándole un toque sensual a su voz.
Se abrieron grandes sus ojos, sacó un peine negro, chiquito, le pasó la lengua a la palma de su mano derecha y alisó sus cabellos negros e iracundos el Querubín Ciani alistándose para el encuentro. Tiró fuertemente de una cuerda de lino entretejido y el crujido casi sufrido de las puertas espantó a las cuatro arpías apostadas en una de la torres de vigilancia.
Frente a frente se miraron fijo y en silencio por un instante. Las prendas mojadas de la Turquita apretaban su cuerpo trasluciendo sus formas bellas. Sus pechos frescos como frutas bajo el rocío, sus caderas talladas de sinfonías, sus cabellos negros tan suaves como un amanecer frente al océano... un bombón. Más tarde y entre amigos el Querubín Ciani la definió escuetamente: “Esa mujer se había robado todas las primaveras del mundo”.
-No han visto mis ojos campesina tan digna de ser princesa –disparó impresionado el guardián que parecía estar enternecido en cada músculo.
-No haga que me ruborice –cruzando una pierna sobre la otra y encongiendo los hombros la fatal Turquita-. ¿Tendrá usted una frazada que calme mi frío?
-Mis brazos son como rayos de sol y puedo darle calor hasta a un pingüino en Júpiter –entre poético y ridículo lanzó el Querubín Ciani-
-Usted es muy gracioso, buen hombre. Tiene ojos de niño y la voz de un padre honrado.
-Ya lo ha dicho usted, pimpollo silvestre. –piropo de poca monta del guardián e insistió- Soy un hombre con todas las edades y por ende me son propias la ternura de la niñez y la fortaleza y sabiduría de un adulto.
-¡Uaaau! Seguro su amada ha de ser la mujer más dichosa del reino...-Buscando alguna información que le sea útil sugirió la Turquita-.
-Soy viudo. –con los ojos inundados, respondió el guardián-.
-Ay, perdón. No quise ponerlo así, pero debe entender que la vida continúa. Incluso conozco una tierra donde hay otra vida una vez que se ha agotado la primera.
-No, dejémosla descansar entre los fantasmas que ahora la acompañan. Mi duelo está cumplido y ella sólo vive en el pasado. El tiempo hará lo suyo amontonándola en algún rincón junto a los juguetes de mi infancia, entre ellos una pelota que hoy sería de baloncesto, una disciplina creada por mí.
-Parece usted un hombre fuerte para cuestiones del amor. Imagino que no piensa rendirse. ¿Pienso bien? –dándole aliento no sin especular en sus planes dijo la Turquita.
-Tapado de noche mi corazón lo he guardado en el sótano de mi alma, como quien guarda en el cuarto del fondo retazos de algo que alguna vez fue útil.
-Cuesta creer que un hombre como usted, semejante en cada impresión a las figuras de arte griego, guarde su perfección en la oscuridad.
-Es usted muy generosa, pero parado aquí sin asistirla sólo contradigo sus cumplidos para conmigo. Pase que yo voy por una manta, mi capullo de alelí.
Pero mientras el guardián atendía a los requerimientos de la muchacha extraviada y con ello descuidaba, una vez más, sus obligaciones, los belverianos cruzaron sigilosos el río y ya planeaban el asalto a una de las torres donde Caupolicán Villalobo dormía un domingo más.
CONTINUARA
